La curva humedad
Los argumentos se encuentran en el suelo, sin embargo, Mónica decide colocarlos sobre la mesa de su comedor. Una bandeja blanca introduce a la escena el muestrario de áridos en variedad de componentes. La disposición premeditada de los fragmentos minúsculos de rocas y minerales en suaves declives y pendientes deja en claro que para Mónica todo es montaña o las montañas lo son todo, o casi todo.
El remanente de nueces, pistachos y ciruelas secas que circunda la bandeja dispara la fantasía exploratoria propia de una degustación. Saborear óxido, magnesio, carbonato o selenio está lejos de ser un acto de extravagancia si recordamos lo indispensable que resultan los minerales para la formación de nuestros huesos, dientes, sangre, tejidos y para el funcionamiento general de nuestro organismo. La presunción de rareza se torna aún más débil cuando invocamos el simple acto de masticar un trozo de arcilla como técnica corriente para identificar qué proporción de arena contiene.
En la bandeja se advierte un montículo que mantiene en reserva su pertenencia familiar. Próximo en granulosidad y tonalidad a los áridos, despide, sin embargo, un aroma fermentado. El residuo sólido de la piel de la uva, la pulpa, las semillas y los tallos de la vid, en otras palabras, el orujo trae notas del suelo árido que lo vio nacer. Cuando se insta a Mónica a cuantificar estos- sus- materiales, responde en su idioma: tengo montañas.
La palabra suelo supo referir, en épocas tempranas, a la planta del pie; la misma que, en danza de paso corto, es capaz de extraer de la uva, un bálsamo para el corazón. Entre líquidos esenciales y montañas discurre, en prioridad indistinta, el universo doméstico de Mónica.
La bandeja como continente blanco reproduce y multiplica su forma en las salas de este museo donde Mónica exhibe por primera vez en forma individual un cuerpo de obra. Los materiales encuentran aquí nuevas formas de concretarse apartados del estado disperso en que se hallan naturalmente. Arcilla, cemento, arena, metal, celulosa y textil reafirman y a la vez ablandan sus argumentos esenciales y el ojo descansa, complacido, en la perplejidad. En palabras de Oiticica "todo el mundo sabe que el sol es sol; crear no es la tarea del artista, su tarea es cambiar el valor de las cosas".
Un ojo esférico desplazado de su eje cúbico, una mano de mortero derramada como lloro* de vid, un hilo de lana desovillado de su cauce, una montaña de arena desbordada de una curva humedad, un cuadrilátero de lienzo franqueado como vado, instauran nuevos modos de considerar un asunto: la óptica propia sobre el agua.
Cuando el agua todavía no ha salpicado la arcilla para moldearla, no ha bañado el cemento para hacerlo fraguar, no ha inundado el metal para herrumbrarlo, no se ha desprendido de la uva oblonga para ser fermentada o aún no ha empapado la tela para transferirle el color, -el agua- se encuentra consagrada a un propósito que trasciende lo somático: dejar que Mónica cierre sus ojos y que éstos bailen en busca de un foco lejano. Allí donde el río no se percibe sucio, donde el cuerpo se entrega a su nulidad bajo el limo, donde la propia energía se siente vigorosa como el trueno fluvial, donde el flujo redundante resuelve el devenir.
*En el lloro de la vid, cuando aumentan las temperaturas del suelo, la savia concentrada en la raíz empieza a circular hasta salir por los cortes como pequeñas gotas transparentes. Este proceso que dura entre 7 y 10 días indica que la planta está despertando de su estado de reposo y se prepara para un nuevo ciclo vegetativo.
