Para desarrollar esta obra, decidí recorrer dos caminos. El primero consistió en vagar por el desierto durante 5 horas por la vera de la ruta 68 y llegar a Cafayate a paso lento. El segundo, en aventurarme en la construcción de un instrumento de viento a partir de materiales encontrados. Camino recto con escasas curvas y sombras, en el primer caso; extravíos, contramarchas y despistes abundantes, en el segundo.

El espíritu forjador se despertó en mí a partir de tres hallazgos fortuitos, distantes en tiempo y espacio: la imagen de un odre de cuero animal utilizado antiguamente como reservorio de aire; una funda textil sintética con tres agujeros de función incierta; y un delantal de cuero descartado en las arenas del desierto calchaquí.

La fantasía de construir el artefacto sonoro me llevó a propiciar un préstamo de una gaita moderna de manos de un músico contemporáneo de Salta; una visita al taller de un luthier de instrumentos andinos que decidió sumarse al experimento a pesar de no haber visto nunca una gaita; y un encuentro con un ex luthier de gaitas, establecido en un paraje recóndito en El Barrial, quien compartió conmigo -en presencia y por audios de whatsapp- sus vastos conocimientos sobre respuesta de materiales, resistencias, reglas de esbeltez, esfuerzos físicos de soplo y todos los mecanismos de precisión necesarios para evitar un final adverso: la construcción de un objeto sonoro que nadie pudiera tocar.

Esta obra es la evidencia de un fracaso mayúsculo provocado por diámetros excesivos, lengüetas humedecidas, válvulas sin retorno, fugas de aire persistentes y un pabellón ahogado. Es también la celebración de unos sonidos fugaces, erráticos e irrepetibles que lograron insuflar una dicha secreta y súbita a un corazón desilusionado.